sábado, 11 de abril de 2015

“A ti, te han echado mal de ojo”



En una época de mi vida, los 33 años, me encontraba francamente mal. Estaba arruinado emocional y económicamente. Una mañana, mientras paseaba por el Retiro madrileño, se acercó una gitana enlutada y mirándome fijamente a la cara me dijo: “ A ti, te han echado mal de ojo”. 



Me quede “pasmao”, cómo podía saber aquella mujer lo mal que me iban las cosas…

“Alguien que te quiere mal te está haciendo mucho daño, desea que  fracases porque te tiene mucha envidia”. ¡Joder, me acojonó!. Siguió hablando: “Si me das algo, yo te lo puedo quitar, pongo unas velas, rezo unas oraciones y, de paso, me ayudas porque tengo mis niños y, apenas,  puedo darles de comer”.

¿Cuánto te tengo que dar?, fue mi respuesta.

La voluntad, señorito.

La entregué una pequeña cantidad que me parecía la adecuada por unas velas y unas oraciones.

Es poca voluntad… un poquito más, no sea tacaño porque en el futuro lo tiene usted muy bonito.

Me fui pensando para mi mismo: “Te han tomado el pelo, pero como la cantidad es muy pequeña tampoco me voy a morir”.

Ni qué decir tiene que en aquella época me gustaba ir a pitonisas, videntes, brujas y demás ralea y aunque no se cumplía nada de lo que presagiaban, salía muy contento con las  falsas expectativas.

Finalmente, acerté en aquella búsqueda en dos asuntos: Cristo y la meditación. A través de la figura de Jesús de Nazaret “Afortunado el que se encuentra contigo” conseguí una fuerza enorme porque su figura arraigó en una parte muy profunda de mi ser (yo venía del ateísmo/ciencia (“la fe puede mover montañas”). Con la meditación obtuve calma, tranquilidad y positivación.

Efectivamente, la misma psicología nos muestra que nuestros pensamientos condicionan, en parte, nuestros resultados. Sin embargo, aprendí que no es suficiente el enviar a nuestro subconsciente  frases para nuestro bienestar, si nos falta “la energía interior” que pueda materializarlas.

Conseguí, poco a poco, ir sintiéndome cada vez mejor interiormente y eso se manifestaba exteriormente.

En un viaje a Córdoba, visitando La Mezquita, se me acercó otra gitana y me dijo: ¿Quieres que te lea la mano?. Acepté, pero esta vez sin ningún temor, ni deseo.

Me dijo solo tres cosas. Las tres buenas y esta vez, sí se cumplieron. Dos han quedado en el aire, pues guardan relación con mis dos hijos, con su futuro. 

Hoy en día, creo en Dios y no en la Iglesia en cuanto Institución y sé que hay un 1% de personas que saben “visualizar nuestra vida en otro plano”, pero que el 99% son vividores de las desgracias ajenas.

¡A todos les doy la bienvenida ¡ 

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