lunes, 6 de abril de 2015

“Voy ligero de equipaje”, Antonio Machado

Al poeta sevillano le gustaba pasear y viajar en tren. En algunas de sus poesías está presente este medio de transporte que le sirve para explorar múltiples ámbitos de sus inquietudes personales. Rescatemos un poema titulado "El tren" para descubrir un pequeño rincón del universo machadiano.




Yo, para todo viaje
—siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera—,
voy ligero de equipaje.
Si es de noche, porque no
acostumbro a dormir yo,
y de día, por mirar
los arbolitos pasar,
yo nunca duermo en el tren,
y, sin embargo, voy bien.




El viaje está siempre presente en el poeta sevillano, pero el viaje/ el camino no obedece solo a la idea de movimiento o  traslado físico. Es una idea más espiritual, de viaje interior donde no hacen falta maletas y hay que ir ligero de equipaje, sin apegos y disfrutando el momento presente, sin tener prisa por la llegada a la estación de destino. Además, la religiosidad auténtica de Machado se contempla en esa toma de partido por la pobreza, la humildad, ese Jesús del madero/ la mar que va en un vagón de tercera al igual que Cristo sobre un pollino.





¡Este placer de alejarse!
Londres, Madrid, Ponferrada,
tan lindos... para marcharse.
Lo molesto es la llegada.
Luego, el tren, al caminar,
siempre nos hace soñar;
y casi, casi olvidamos
el jamelgo que montamos.

Es evidente que la niebla, el vapor y el bullicio de las ciudades citadas en los versos invitan al poeta andaluz a alejarse de un paisaje que no le brinda luz, calor (sol) y donde no puede encontrar esa soledad solidaria que ama. Además, está el sueño, la creatividad, la capacidad de imaginar una realidad distinta “al jamelgo que montamos”. Aquí, encontramos al Quijote.

¡Oh, el pollino
que sabe bien el camino!
¿Dónde estamos?
¿Dónde todos nos bajamos?
¡Frente a mí va una monjita
tan bonita!
Tiene esa expresión serena
que a la pena
da una esperanza infinita.

El jamelgo/locomotora, entendido como algo que nos arrastra, nos lleva ( destino ), sabe mejor que nosotros dónde nos conduce. El viajero se limita a preguntar: ¿Dónde estamos? ¿Dónde todos nos bajamos?. Una monjita con expresión serena es la compañera de viaje y ella representa lo virginal, la pureza, la auténtica belleza.

Y yo pienso: Tú eres buena;
porque diste tus amores
a Jesús; porque no quieres
ser madre de pecadores.
Mas tú eres
maternal,
bendita entre las mujeres,
madrecita virginal.
Algo en tu rostro es divino
bajo tus cofias de lino.



De nuevo, la figura de Jesús. Sin embargo, él manifiesta en La Saeta que prefiere cantar al Jesús de la mar/ de la vida que al Jesús del madero/de la muerte.

Tus mejillas
—esas rosas amarillas—
fueron rosadas, y, luego,
ardió en tus entrañas fuego;
y hoy, esposa de la Cruz,
ya eres luz, y sólo luz...
¡Todas las mujeres bellas
fueran, como tú, doncellas
en un convento a encerrarse!...
¡Y la niña que yo quiero,
ay, preferirá casarse
con un mocito barbero!
El tren camina y camina,
y la máquina resuella,
y tose con tos ferina.
¡Vamos en una centella!


                                                                        Leonor

Ensalza la virtud máxima cuando es realmente sincera, pero Antonio prefiere que “la niña que yo quiero” elija el amor en su vertiente terrenal, otra forma de camino y evolución hacia el Amor en su concepto más amplio. Nos recuerda la canción de Serrat: “La mujer que yo quiero, no necesita, bañarse cada noche, en agua bendita”.

Finalmente, el poeta señala que vamos en una centella y es que Don Antonio Machado no pudo conocer la alta velocidad.

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